
Me llaman «uva de mesa». Me dijeron, durante décadas, que solo servía para llenar garrafones de vino barato o para endulzar el paladar de quienes no entienden de «linajes». Mientras el Malbec se vestía de gala y exportaba su etiqueta perfecta a Nueva York, a mí me arrancaban de raíz o me escondían en el fondo del viñedo.
Soy la Criolla Chica. Y hoy, desde el rincón más indómito de Mendoza y los Valles Calchaquíes, vengo a decirte que mi anonimato se acabó. No por marketing, sino por pura resistencia.
Fuera de la dictadura del roble
Crecí viendo cómo la industria intentaba domesticar el vino. Taninos de laboratorio, madera que tapa la fruta y clarificantes que matan la vida. Un estándar aburrido que busca que todos los vinos sepan a lo mismo, sin importar el suelo que los parió.
Yo no juego a eso. Soy la antítesis del vino industrial. Soy rebelde por genética. Mi piel es fina, mi color es traslúcido —casi como un jugo de cerezas salvajes— y mi energía es eléctrica. No necesito maquillaje de roble francés para demostrar quién soy.
Vinos naturales: El regreso a la honestidad
Si buscas un vino denso que te manche los dientes y te deje pesado el espíritu, sigue de largo. Lo mío es la mínima intervención. Los nuevos alquimistas del vino natural en Argentina me han rescatado porque entienden que el lujo no es la tecnología, sino la pureza.
Hablamos de fermentación espontánea, de levaduras indígenas que cuentan la historia de la finca, no de un sobre comprado en una farmacia enológica. Soy un vino que respira, que evoluciona en la copa y que, a veces, se presenta turbio porque no tengo nada que ocultar tras un filtrado agresivo.
¿A qué sabe la rebeldía?
Cierra los ojos. Olvida las notas de cata pretenciosas. Beberme es sentir la frescura de la montaña, la acidez vibrante de una granada recién abierta y ese toque rústico de la tierra seca. Soy un vino «pulpable», fácil de beber pero imposible de olvidar.
Soy el vino que se toma fresco, bajo la sombra de un parral, en una mesa con amigos y sin copas de cristal de mil dólares. Soy el regreso al origen, a la Argentina que late debajo del cemento industrial.
El futuro no tiene etiquetas
La fama me tiene sin cuidado, pero la libertad me obsesiona. Cada vez somos más: la Pedro Ximénez seca, la Canari, la Beclán. Somos las uvas olvidadas que hoy lideran la revolución del vino natural en el sur.
La próxima vez que busques una botella, no elijas la que brilla en el estante por su medalla de oro. Busca la que tiene alma. Busca la que cuenta una verdad, aunque esa verdad sea un poco salvaje.
Todavía no tengo la fama de las grandes castas europeas, pero tengo algo mejor: tengo la verdad del suelo argentino corriendo por mis venas. ¿Te atreves a probar el caos embotellado?
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